Datos personales
lunes, 4 de julio de 2016
martes, 23 de junio de 2015
DERRUMBE
Esa palabra huyó
sendero adentro del pensamiento
Era una palabra verde
un vocablo inmaduro
ahora lejos
Mejor que se fue
No me gustan las palabras cobardes o
suicidas
las que escapan en medio de un poema
o desde la punta de la lengua
saltan al vacío
No buscaré esa palabra
mejor que derrumbe su cansancio prófugo
en los pies de una idea
Vacía de signos
Inútil raíz en el silencio
martes, 2 de septiembre de 2014
Puchero
a Elba Dominga Benetti
Mi abuelo materno, el Nono, era un
hombre tranquilo, ablandado por los años. Mi abuela, la Nona, una mujer endurecida
por la vida. En el verano del 61 mis padres me mandaron a pasar
unos días con ellos, en la inmensidad del monte entrerriano.
La casa era espaciosa. Lo que más
recuerdo es la cocina donde la Nona pasaba la mayor parte del tiempo. Era una
construcción de mampostería rústica. El piso de ladrillos gastados ofrecía un
refugio contra la temperatura de febrero. Al techo, en esa infinita altura -para
mis seis años- lo soportaban gruesos horcones atravesados de lado a lado. En
una de las esquinas del piezón estaba ubicada la cocina económica; su chimenea,
renegrida por el tizne de la madera quemada se perdía hacia arriba en un
vértice de revoques oscurecidos. A la izquierda de la cocina a leña, contra la
pared y estirándose hasta casi el umbral de ingreso a las habitaciones, había
una mesada de material con puertas de madera apenas trabajada, donde la Nona
ponía las ollas, los platos y los cubiertos. Del otro lado estaba el cajón del
pan con su tapa en declive. A continuación había un aparador verde con pájaros
multicolores y diversos pintados en las puertas. Y la mesa, larguísima, que
ocupaba el centro de la cocina.
Aún me parece ver a la Nona preparando
un puchero grandioso: doce litros de agua, tres kilos de carne cortados en
trozos, una cola de vaca, ocho ruedas de osobuco, una gallina y media dividida
en presas, seis chorizos, cuatro puerros, cinco cebollas grandes en pedazos,
dos troncos de apio picados, un repollo, dos kilos de zapallo y dos kilos de
calabaza, ocho zanahorias en cuartos, tres tazas de garbanzos remojados, siete
choclos en mitades, diez zapallitos redondos, diez papas medianas, diez batatas
y sal, calculada por puñados.
Esa tarde anduvimos en la quinta.
La Nona con un vestido gris, largo,
de confección casera, y un pañuelo que le cubre la cabeza y yo, sucio, con la
ropa deshecha por el intenso correteo entre galpones, árboles, chiqueros y
corrales.
Camino a su lado, la ayudaré a juntar
las verduras para el puchero. Llevamos una canasta que de a poco se va llenando
con lo que recogemos. Me siento un arriesgado explorador. Esquivo las hojas de
acelga; llevo mi escopeta de dos caños hecha con una rama de sauce y dos varas
de paraíso. Avanzamos con dificultad. Con mi mano derecha agarro el borde de la
canasta y con la izquierda, preparada para cualquier imprevisto, la escopeta.
Son las cinco de la tarde y el sol
está alto. Al fondo de la quinta hay un cañaveral que abordaré después que ayude
a la Nona a llevar la canasta a la cocina. Mis botas de goma van muy pesadas;
la tierra, apelmazada por la lluvia de ayer, se pega a sus costados hasta
convertirlas, casi, en un tractor. La Nona me pide que levante la canasta
porque arrastra y que en cualquier momento se van a caer las calabazas de mi
lado. Hago fuerza. Intento, pero mi brazo no responde, está acalambrado. Le
imploro a la Nona que paremos un poco. Ella dice que me apure porque tiene
mucho que hacer: juntar los huevos, encerrar los terneros, darles de comer a
las gallinas, a los chanchos, y cocinar para catorce. “Ah... cuesta vida e´ una
lucha, Nene...”
Cuando noto mi brazo recuperado le
digo a la Nona que sigamos. Justo en ese momento, desde atrás del laurel, asoma
la cabeza un tigre enorme. Abre la boca y un rugido estremece la tierra. Quedo
petrificado. La Nona parece no
advertirlo. Logro apartarla cuando el tigre se abalanza sobre ella. Gracias a
mi oportuna acción, la Nona, alcanza a salir por el portillo llevándose la
canasta sin completar. Yo me repliego hasta el zapallar para estar más
protegido. Me agacho y le apunto con la de dos caños. No lo quiero matar, pero
si se viene me veré obligado... El tigre salta de manera espectacular para
impresionarme y disparo al aire mi escopeta. El estruendo lo asusta. Huye y se
esconde entre las cañas; permanezco en guardia un buen rato y no hay señales.
Ni un ruido. Apenas se escucha el zumbido de un mangangá. Veo que deberé postergar
mi exploración al cañaveral. Paso el resto de la tarde observando y
escurriéndome entre las plantaciones para que el tigre no me sorprenda. Trataré
de llegar hasta los frutales porque siento hambre. Sí, unas cuantas mandarinas
me van a venir muy bien. Me ubico abajo de un árbol petiso, dejo mi escopeta a
un costado y saco varias mandarinas. Las pelo, el olor agridulce de las
cáscaras me hace olvidar del peligro por un rato. Van a la panza la mitad;
desperdicio las otras haciendo puntería en el manzano. Dentro de poco tiempo va
a oscurecer. Veo que algo se mueve entre las plantas de maíz, al otro lado de
la quinta. Pienso que pueden ser unos bandidos que pretenden asaltar la casa de
la Nona. Estoy casi seguro. ¡Sí, sí, son vaqueros del lejano oeste que han
venido hasta aquí persiguiendo alguna diligencia! Verifico si mi escopeta está
cargada. Me preparo: tirado de panza en el suelo ofrezco menos blanco... así
combatía el Llanero Solitario… conmigo no se la van a llevar de arriba. Seguro
que han dejado los caballos atrás del cañaveral… están inquietos, deben presentir
al tigre. Los espero un rato y no salen… ya casi es de noche. Me distraigo.
Pienso en mis hermanos y en mis padres: ¿qué harán? Al rato veo que a lo lejos
cuatro caballos galopan y se pierden en el horizonte.
-¡Nene... Nene...! ¿Adónde te
metiste? -grita la Nona desde la cocina.
-Acá estoy Nonita... -le aviso que
voy cuando las chicharras ya empiezan a aturdir.
Ahora, el puchero humea en el medio
de la mesa. Antes había hervido veinte minutos con la carne, mientras la Nona,
con un cucharón le sacaba la espuma. Después le añadió los puerros, la cebolla,
el apio, la gallina, los chorizos, el zapallo, las zanahorias, el repollo y los
garbanzos. A la media hora le agregó los zapallitos y los choclos en mitades.
Aparte, en una olla con agua y sal cocinó las papas y las batatas. Luego, en
fuentes separadas, sirvió. En una de las bandejas está la carne cortada en
presas de diferente tamaño; en otra, las verduras. La olla donde la Nona cocinó
el puchero hierve arriba de la cocina. Es la sopa infaltable, de arroz esta
vez. Los comensales van llegando y ocupan sus lugares. El Nono, silencioso como
de costumbre, se instala en una de las cabeceras. Luego, alternados, se van
ubicando mis tíos y mis tías. La Nona saca el pan casero del cajón y se sienta
al lado del Nono. Yo estoy al fondo de una hilera de siete personas, es tanta
la distancia que veo al Nono chiquito. La ceremonia ha comenzado. Se come en
silencio, rindiendo culto. Tengo tanta hambre que devoro lo que me sirven. De a
poco se van infiltrando las palabras. Mis tías hablan en código temas de
mujeres; mis tíos dicen que cuando cambie el gobierno todo se va a solucionar.
Como siempre ocurre, la conversación se enciende, discuten con fervor tano. A
pesar de la cantidad de voces que se superponen se hace oír la voz gastada del
Nono, cuenta una historia que al parecer todos quieren escuchar. El sueño hace
que perciba la reunión a lo lejos. Cruzo los brazos arriba de la mesa, coloco
la cabeza encima de los brazos y me olvido del mundo. Cuando me despiertan casi
todos se han ido a dormir. La mesa está limpia y el piso barrido. La Nona me
dice que ya es hora de ir a la cama y entonces le cuento que mientras
dormitaba, doblado sobre la mesa tuve un sueño extraño. Me pide que se lo
cuente y le digo que venía en un barco muy grande, atravesaba el mar desde un
continente lejano. En el barco viajaban muchos hombres y mujeres que hablaban
parecido a ella y al Nono. Yo era uno de ellos, musculoso y vestido con un
gastado traje gris. Todo mi equipaje eran dos valijas de cartón, dos valijas
vacías...
miércoles, 24 de julio de 2013
miércoles, 29 de julio de 2009
El Rengo Charles
Era rengo y manco gracias a que un tractor lo pisó y le dejó todo el flanco derecho achatado. Aunque siempre le gustó el fútbol, nunca pensó que podría jugar. La oportunidad llegó en un partido de veteranos; faltaba un nueve y lo metieron sin consultarlo para completar el equipo. Fue una verdadera pérdida para el fútbol local y universal que el Rengo Charles tuviera un debut tan fuera de época en este deporte. Aquel día, el hombre se reveló como un delantero imparable. Le dijeron que se quedara parado ahí y ahí estuvo, hasta que un pase le llegó como del cielo y Charles encaró para el arco. Desde afuera vino el aliento:
-¡Vamos Charles todavía!
El guardavalla salió a cortar, pero a Charles era imposible marcarlo: desorientaba a cualquiera con su natural amague. El arquero -excedido de peso- hizo el achique, Charles lo pasó como alambre caído y logró el primer gol. La algarabía general levantó el ánimo del equipo local, que se fue al ataque con todo. Charles, al descubrir que a los contrarios les era imposible marcarlo, enloqueció. Le llegaban los pases y avanzaba. Los defensores del Arenal no lo podían parar: lo agarraban de la camiseta, le tiraban zancadillas, trompadas, patadas... En una jugada que se iba con peligro de gol, uno de los contrarios lo abrazó de la cintura y lo frenó. El rengo, caliente, se volvió, sacó un puñal que se había calzado por las dudas y le dijo:
-¡Qué mierda querés! ¿Que te achure?
El altercado llamó la atención del juez, quien sin reparos lo echó. Le dijo que se fuera, pero Charles, que ya había perdido el control, le respondió que por qué no lo sacaba él si es que era macho. La cuestión derivó en una rosca descomunal. Los policías de guardia quisieron parar el lío pero sólo lograron agrandarlo. Al agente Peteca Fernández, alías Albañil Pobre porque no tiene un metro, lo primero que le voló fue la gorra, la juntó, y al comprobar que la situación era incontenible, se acercó y pidió que llamaran a los milicos.
-¿Y vos qué sos? -le preguntaron. Imploró entonces que avisaran a la comisaría. Inútiles fueron los ruegos del cura que daba vueltas y vueltas alrededor de la gresca con la intención de apaciguar.
Cuando llegaron los refuerzos, los contendientes se habían aplacado por los golpes y el cansancio en la agotadora jornada de fútbol y boxeo.
En el centro de la cancha, como un monumento, como un símbolo tardío del deporte regional, estaba Charles, la pata renga arriba de la pelota, el cuchillo en la mano y en la boca una frase repetida:
-Que me saquen… que me saquen…

Veteranos antes de entrar a la cancha
-¡Vamos Charles todavía!
El guardavalla salió a cortar, pero a Charles era imposible marcarlo: desorientaba a cualquiera con su natural amague. El arquero -excedido de peso- hizo el achique, Charles lo pasó como alambre caído y logró el primer gol. La algarabía general levantó el ánimo del equipo local, que se fue al ataque con todo. Charles, al descubrir que a los contrarios les era imposible marcarlo, enloqueció. Le llegaban los pases y avanzaba. Los defensores del Arenal no lo podían parar: lo agarraban de la camiseta, le tiraban zancadillas, trompadas, patadas... En una jugada que se iba con peligro de gol, uno de los contrarios lo abrazó de la cintura y lo frenó. El rengo, caliente, se volvió, sacó un puñal que se había calzado por las dudas y le dijo:
-¡Qué mierda querés! ¿Que te achure?
El altercado llamó la atención del juez, quien sin reparos lo echó. Le dijo que se fuera, pero Charles, que ya había perdido el control, le respondió que por qué no lo sacaba él si es que era macho. La cuestión derivó en una rosca descomunal. Los policías de guardia quisieron parar el lío pero sólo lograron agrandarlo. Al agente Peteca Fernández, alías Albañil Pobre porque no tiene un metro, lo primero que le voló fue la gorra, la juntó, y al comprobar que la situación era incontenible, se acercó y pidió que llamaran a los milicos.
-¿Y vos qué sos? -le preguntaron. Imploró entonces que avisaran a la comisaría. Inútiles fueron los ruegos del cura que daba vueltas y vueltas alrededor de la gresca con la intención de apaciguar.
Cuando llegaron los refuerzos, los contendientes se habían aplacado por los golpes y el cansancio en la agotadora jornada de fútbol y boxeo.
En el centro de la cancha, como un monumento, como un símbolo tardío del deporte regional, estaba Charles, la pata renga arriba de la pelota, el cuchillo en la mano y en la boca una frase repetida:
-Que me saquen… que me saquen…

Veteranos antes de entrar a la cancha
martes, 14 de julio de 2009
El grito mudo...
El grito le salió por los ojos, abiertos como para mirar el mundo. Arriba, las cejas, como un arco iris monocromo, contrajeron la frente del goleador con arrugas parejas, definidas.
En la boca, el grito fue un volcán, un cráter abierto al universo. Un grito de adentro, de un adentro que no se reconoce, que no se sabe adónde está, de dónde sale. Y nunca supo cómo sacó ese grito que estalló en su garganta con la fuerza de una catarata sobre el aire. Para afuera fue un golpe de voz, para adentro, silencio. Serenidad para vivir la gloria. Años de esperar este día. La pelota como un pájaro redondo en vuelo hacia el ángulo lejano; el arquero, adelantado y debajo de la comba que lo sobrepasa, nunca llegará a tocarla. Por eso grita el gol que viene como un río en creciente sobre años de sequía, para inundar el alma. Grita gol con los ojos que miran el cielo y miran el arco como en un rezo. Pero sucede que el arquero sabe de estos goles que aún no cruzaron la raya, que sólo un milagro puede salvar y los milagros, en el fútbol, ocurren. Y ahí va, en formidable salto hacia atrás, la pantera. No puede ser, pero se eleva cuando la pelota casi entra en el arco. Se eleva y arquea su cuerpo de manera imposible, es su deber, pero arriesga la vida, no sabe dónde caerá y no le importa, si será de espaldas o de cabeza, si vivirá o no. Siente que el grito pasa a través de él como del aire, siente la risa y el llanto del que cabeceó que grita y llora porque nunca hizo un gol tan lindo, aunque el arquero invalide la gravedad y colgado de una elipsis saque una garra que rasguña la pelota y la levanta sobre el travesaño, justo cuando el goleador grita y fija con la mirada la palabra Gol en el horizonte. Ya es un grito mudo, un grito inverso que vuelve a donde nadie lo conoce. Un sueño roto para llorar sobre el pasto.
En la boca, el grito fue un volcán, un cráter abierto al universo. Un grito de adentro, de un adentro que no se reconoce, que no se sabe adónde está, de dónde sale. Y nunca supo cómo sacó ese grito que estalló en su garganta con la fuerza de una catarata sobre el aire. Para afuera fue un golpe de voz, para adentro, silencio. Serenidad para vivir la gloria. Años de esperar este día. La pelota como un pájaro redondo en vuelo hacia el ángulo lejano; el arquero, adelantado y debajo de la comba que lo sobrepasa, nunca llegará a tocarla. Por eso grita el gol que viene como un río en creciente sobre años de sequía, para inundar el alma. Grita gol con los ojos que miran el cielo y miran el arco como en un rezo. Pero sucede que el arquero sabe de estos goles que aún no cruzaron la raya, que sólo un milagro puede salvar y los milagros, en el fútbol, ocurren. Y ahí va, en formidable salto hacia atrás, la pantera. No puede ser, pero se eleva cuando la pelota casi entra en el arco. Se eleva y arquea su cuerpo de manera imposible, es su deber, pero arriesga la vida, no sabe dónde caerá y no le importa, si será de espaldas o de cabeza, si vivirá o no. Siente que el grito pasa a través de él como del aire, siente la risa y el llanto del que cabeceó que grita y llora porque nunca hizo un gol tan lindo, aunque el arquero invalide la gravedad y colgado de una elipsis saque una garra que rasguña la pelota y la levanta sobre el travesaño, justo cuando el goleador grita y fija con la mirada la palabra Gol en el horizonte. Ya es un grito mudo, un grito inverso que vuelve a donde nadie lo conoce. Un sueño roto para llorar sobre el pasto.
Y nunca más la cancha...
Este pueblo está hecho sobre un arenal, arriba de un médano. Vinimos con la última creciente. Pensábamos quedarnos hasta que el agua bajara, pero ya ve, el agua se fue y nosotros todavía estamos. Hay tanto para hacer que siempre estamos ocupados. Lo último que hicimos fue la cancha... La verdad es que el fútbol nos gusta de alma... teníamos club... teníamos equipo, pero no teníamos cancha... por suerte el problema se solucionó, don Severo González nos prestó el terreno para hacer una, con la condición de que no arrancáramos el algarrobo que vino a quedar cerca del área grande. Y bueno... peor es nada, dijimos... Tuvimos que hacer un reglamento nuevo. El árbol participaba bastante ya que el lugar en el que había nacido era un paso obligado en la cancha y muchas veces, la pelota rebotaba en el tronco y cambiaba de dirección y otras veces, el algarrobo se convertía en estrella del partido con goles que unos festejaban y otros lloraban. En una oportunidad, el gringo Benetto, antes de morirse y en furibundo ataque, ensimismado en la gambeta y sin sospechar que el algarrobo estaba tan cerca, le estampó un hermoso cabezazo a una rama baja que quebró y allí quedó, a pagar lo que guste.
El juego de alto era complicado en la zona del árbol, porque si la pelota quedaba entre las ramas, había que dejarla arriba hasta que terminara el partido y continuar con otra. Se llegó a este acuerdo porque era muy difícil saber a quién le correspondía. En invierno no había problema porque el árbol estaba pelado de hojas y el balón pasaba a través de él, la cosa era en verano cuando el algarrobo se tupía y la pelota se detenía en el follaje. Hubo que comprar más pelotas, ya que en partidos reñidos llegó a tener hasta veinte alojadas en su copa.
Como una tribuna incorporada en plena cancha, los loros habían hecho del árbol su lugar de parada. Debido a que la bandada era numerosa y a que los loros cagaban sin pudor, más de una vez hubo que socorrer a jugadores visitantes que no conocían el terreno y que, al pasar por debajo del árbol, patinaban en la caca de loro y ahí caían de lomo, dibujando un sol naciente y después salían maltrechos y olorosos a congraciarse con el público.
Este algarrobo con estirpe deportiva, más de una vez soportó al árbitro Cándido Pino, ya en sus últimas actuaciones. Cándido se sentaba en una horqueta de gruesas dimensiones y desde allí dirigía el partido. Cobraba a grito pelado, si es que la jugada sucedía en el otro extremo de la cancha.
Cierta vez, Domingo Ferrari el malo, enganchó la camiseta nueva en una de las ramas y la rajó de punta a punta. Rabioso, se fue a su casa y al rato apareció con una motosierra para cortar el árbol. Entre todos quisimos detenerlo, pero Domingo estaba como poseído. Con la motosierra en marcha, el malo arremetió contra los que nos habíamos amontonados en defensa del árbol y de la cancha. Estaba claro que si no había algarrobo, no había cancha, pero no lo pudimos parar. En pocos minutos la belleza del algarrobo jugador, quedó resignada y horizontal, como un delantero caído, sin pelotas, sin loros, sin vida y nunca más la cancha.

En esta foto se puede observar el travezaño que sobresale. Servía para colgar camperas, gorros, etc. El fotógrafo estaba apurado pués debía cubrir otro evento y no pudo esperar al Director Técnico que entra por la parte derecha de la foto y al ayudante de campo que viene desde atrás. A lo lejos se ve el famoso árbol.
El juego de alto era complicado en la zona del árbol, porque si la pelota quedaba entre las ramas, había que dejarla arriba hasta que terminara el partido y continuar con otra. Se llegó a este acuerdo porque era muy difícil saber a quién le correspondía. En invierno no había problema porque el árbol estaba pelado de hojas y el balón pasaba a través de él, la cosa era en verano cuando el algarrobo se tupía y la pelota se detenía en el follaje. Hubo que comprar más pelotas, ya que en partidos reñidos llegó a tener hasta veinte alojadas en su copa.
Como una tribuna incorporada en plena cancha, los loros habían hecho del árbol su lugar de parada. Debido a que la bandada era numerosa y a que los loros cagaban sin pudor, más de una vez hubo que socorrer a jugadores visitantes que no conocían el terreno y que, al pasar por debajo del árbol, patinaban en la caca de loro y ahí caían de lomo, dibujando un sol naciente y después salían maltrechos y olorosos a congraciarse con el público.
Este algarrobo con estirpe deportiva, más de una vez soportó al árbitro Cándido Pino, ya en sus últimas actuaciones. Cándido se sentaba en una horqueta de gruesas dimensiones y desde allí dirigía el partido. Cobraba a grito pelado, si es que la jugada sucedía en el otro extremo de la cancha.
Cierta vez, Domingo Ferrari el malo, enganchó la camiseta nueva en una de las ramas y la rajó de punta a punta. Rabioso, se fue a su casa y al rato apareció con una motosierra para cortar el árbol. Entre todos quisimos detenerlo, pero Domingo estaba como poseído. Con la motosierra en marcha, el malo arremetió contra los que nos habíamos amontonados en defensa del árbol y de la cancha. Estaba claro que si no había algarrobo, no había cancha, pero no lo pudimos parar. En pocos minutos la belleza del algarrobo jugador, quedó resignada y horizontal, como un delantero caído, sin pelotas, sin loros, sin vida y nunca más la cancha.

En esta foto se puede observar el travezaño que sobresale. Servía para colgar camperas, gorros, etc. El fotógrafo estaba apurado pués debía cubrir otro evento y no pudo esperar al Director Técnico que entra por la parte derecha de la foto y al ayudante de campo que viene desde atrás. A lo lejos se ve el famoso árbol.
viernes, 29 de mayo de 2009
Vamos todavía...
El cabezazo fue rotundo y la pelota dibujó una curva burlesca ante la mirada del arquero, azorada primero y resignada después, cuando fue gol ya en el ocaso de la tarde. El partido era el broche de oro de un campeonato relámpago, y por consiguiente, se jugó a última hora. Solteros contra casados. Una modalidad muy difundida en la zona. Los casados, luego de mucho insistir, lograron que integrara el equipo el célebre veterano don Torcido Villafañe. El partido fue tranquilo; reñido, pero tranquilo. No hubo discusiones, peleas, ni juego fuerte. Los solteros dominaban y era lógico. Ganaban uno a cero y los casados sudaban la gota gorda. Ya el sol se había entrado y se jugaba con las últimas claridades. El avance comenzó en el medio campo, luego de que el Barrigudo Roldán encontrara un rebote y desbordara por el lateral derecho hasta cerca del banderín del córner. Entonces el Torcido Villa, que venía en diagonal, entró en el área gritando: -Mandá el centro... mandá el centro... El Barrigudo levantó la cabeza, vio que Villa entraba como traído por un ángel y mandó el centro. Como dije, había poca luz, y el Torcido, experimentado en estas lides, pisó la medialuna y vio que la pelota venía a media altura, servida para una palomita. Con la falta que hacía un gol, no lo pensó dos veces. Se largó, voló como antes y le pegó un espléndido frentazo. Notó la pelota un tanto desinflada, pero vio como entró, sublime, en el ángulo derecho. La excitación del gol lo transformó, se paró enseguida y corrió hacia el centro de la cancha. Besó la camiseta tres o cuatro veces y no pudo contener las lágrimas que, poco a poco, le humedecieron la ropa. Desaforado, gritó y gritó como nunca su obra: -Gol y gol y gol... ¡Golazo...! ¡Vamos carajo...! ¡Vamos, todavía que los tenemos...! Al decir tenemos, se dio cuenta de que estaba solo. Nadie lo acompañaba en el festejo. Miró para atrás y vio en la penumbra, que el partido continuaba, allá, cerca del arco contrario. Volvió decepcionado al lugar del cabezazo y con un dejo amargo, reclamó: -¿Por qué anularon el gol...? -Roldán, que estaba cerca, le aclaró: -Pero, don Villa... ¿no se dio cuenta que cabeceó un tero...? -No puede ser... No puede ser... -dijo y repitió el Torcido mientras dirigía su mirada hacia lugar donde había entrado el balón. Y allí estaba el tero... desaliñado y moribundo, enganchado en la red. 

El Torcido Villa, en épocas de gloria, tercero de izquierda a derecha
sábado, 30 de agosto de 2008
Risas de caballo
La escuela siempre fue un mundo lejano al que sólo se llegaba de a caballo. Leguas de pasto, cardos, piedra y hondonadas, que aparecían como relojes de arena acostados en una sucesión de tiempo largo. De espacios a lomo de caballo y de mirar el horizonte como un sueño fácil de tocar.
Este caballo no descansa, inventa fantasías aladas, movimientos de pájaros en su mirar derecho. Cada tarde, a última hora, queda encerrado en un corral para que al otro día, mis ocho años puedan ponerle un bozal, un freno, un cuero de oveja, treparlo como a un árbol y salir para la escuela. Pero a la mañana siguiente, el tobiano, el inventor de pájaros, no está en el corral. ¿Será posible? No fue una. Fueron cien. Mil veces que el tobiano escapó de ese corral. A las seis, cuando aclaraba, yo iba a buscarlo, con esos fríos que hacía antes, de alpargatas, bombachas y guardapolvo y no estaba. Alambrado de siete hilos y la tranquera cerrada, sólo que fuera mágico podría salir, y era. Porque allá se veía el tobiano, al fondo del campito, en el rincón más alejado, lo más tranquilo. Y ahí van mis ocho años con el bozal al hombro, a campo traviesa, en busca del travieso. El campo, un mar de agua helada y verde, y el tobiano como dormido. Estoy a dos metros y ni se entera. Me acerco sigiloso y con modales extremos. A medio metro, el pingo huye. Sale con una estampida. Risas de caballo, aire que golpea la cara y el alma. Allá iré, a la otra esquina, la más distante, a buscar al maldito. Allí continúa el sueño de ser pájaro. Y otra vez el rocío como una lluvia de abajo. Otra vez la seda y el amor para un caballo brujo. Pero ¿cómo salió del corral? No había manera de que saltara el alambrado si a la escuela tardaba dos horas de matungo y viejo. ¿Abriría la puerta para ir a jugar? Hasta hoy me desvela. El tobiano, maestro de la fuga. Cuando la luna aparecía, sólo por ver un caballo con vuelo en la mirada.
Este caballo no descansa, inventa fantasías aladas, movimientos de pájaros en su mirar derecho. Cada tarde, a última hora, queda encerrado en un corral para que al otro día, mis ocho años puedan ponerle un bozal, un freno, un cuero de oveja, treparlo como a un árbol y salir para la escuela. Pero a la mañana siguiente, el tobiano, el inventor de pájaros, no está en el corral. ¿Será posible? No fue una. Fueron cien. Mil veces que el tobiano escapó de ese corral. A las seis, cuando aclaraba, yo iba a buscarlo, con esos fríos que hacía antes, de alpargatas, bombachas y guardapolvo y no estaba. Alambrado de siete hilos y la tranquera cerrada, sólo que fuera mágico podría salir, y era. Porque allá se veía el tobiano, al fondo del campito, en el rincón más alejado, lo más tranquilo. Y ahí van mis ocho años con el bozal al hombro, a campo traviesa, en busca del travieso. El campo, un mar de agua helada y verde, y el tobiano como dormido. Estoy a dos metros y ni se entera. Me acerco sigiloso y con modales extremos. A medio metro, el pingo huye. Sale con una estampida. Risas de caballo, aire que golpea la cara y el alma. Allá iré, a la otra esquina, la más distante, a buscar al maldito. Allí continúa el sueño de ser pájaro. Y otra vez el rocío como una lluvia de abajo. Otra vez la seda y el amor para un caballo brujo. Pero ¿cómo salió del corral? No había manera de que saltara el alambrado si a la escuela tardaba dos horas de matungo y viejo. ¿Abriría la puerta para ir a jugar? Hasta hoy me desvela. El tobiano, maestro de la fuga. Cuando la luna aparecía, sólo por ver un caballo con vuelo en la mirada.
Desmesurado amor...
A veces pienso que Dios se divierte con nosotros. Y me pregunto cómo hace para administrar y distribuir el talento, entre otros atributos humanos. A Domingo Ferrari le dio con un caño. Porque Domingo amaba el fútbol de una manera interminable, pareja siempre, y a pesar de su desmesurado amor por este deporte, no fue dotado por el Señor para ejercerlo de manera digna. Nada le hubiera costado al Creador darle esas mínimas condiciones necesarias para entreverarse, no digo esas dosis de arrebato en ponerle destreza a una persona, pero sí algo de talento en concordancia con la pasión del hombre.
Domingo estaba consagrado a su trabajo y al fútbol. Tiempo que no trabajaba, tiempo que jugaba. Ya a las dos de la tarde de todos los días, Domingo aparecía en el campito con su indumentaria deportiva impecable; su trabajo le permitía adquirir el mejor equipo. Nada que envidiarle al seleccionado nacional en cuanto a ropa. Adidas, desde el bolso hasta la gorra; zapatos, medias, pantalón y camiseta, campera y buzo brilloso y todos los demás implementos que usaban los profesionales: canilleras, vendas de veinte pesos, tobilleras y todo eso.
De Boca rabioso, azul y oro, íntegro. Tenía la postura y el tranco de los ganadores. Una manera de mirar inclinado, como quien espera un tiro libre para entrar de cabeza. Miraba por abajo del flequillo y movía la melena como si le molestara a la hora del voleo. Era espigado y alto como un nueve de los buenos y tenía pinta de goleador, pero era crudo, amargo de punta a punta, como quien dice: un perro que no tiene dueño. Por más que practicó nunca logró hacer más dos taponcitos seguidos y nunca en su vida le salió una jugada. Era zopenco hasta el cansancio, una maleta como se dice en el ambiente. Nunca supo del embrujo de una gambeta y, si bien caminando tenía el garbo de los grandes, corriendo parecía un canguro. Si alguien que no lo conocía lo veía entrar al campo de juego, adivinaba en él un alto manejo del balón, pero viéndolo jugar, al toque se daba cuenta de que era más malo que pegarle a la madre con el ojo del hacha. Para cabecear cerraba los ojos de antemano y eso le costó más de un disgusto y un moretón. Cierta vez, en el área contraria, el nueve se aprestó al cabezazo en un corner. El tiro se ejecutó como de costumbre y Dominguito calculó la distancia y el envión, saltó con los ojos cerrados y le dio al poste semejante frentazo. Acto seguido, se desmayó. Y por supuesto, ni olor a gol.
Domingo Ferrari era malo con ganas. Sin ser mal intencionado era bruto como él solo, ya que la falta tacto, distancia y tino, nunca llegaba a tiempo a la pelota y eso significaba una peladura terrible en la canilla o los tapones de las Adidas marcados para siempre en el cuerpo del adversario. En el equipo del barrio siempre lo ponían porque impresionaba y porque era el único que tenía zapatos de fútbol y eso, entre pobres que jugaban descalzos o de alpargatas, era bien visto. En un partido amistoso (menos mal que era amistoso) a Dominguito lo habían puesto en la defensa porque estaba demasiado claro que adelante nunca iba a convertir un gol, ni equivocado y si en la delantera era malo, en la defensa era criminal. Cierta vez en la espera de una pelota que venía de aire, el nueve de dos, se preparaba. Cuando la pelota estuvo casi a la altura del pie, Domingo ensayó un voleo que, como era de suponer, estampó en la pierna de un delantero y la quebró. Pocas veces pudo terminar un partido, ya que barría a los contrarios sin contemplaciones en el ejercicio de su brutalidad. A la segunda jugada violenta venía la amarilla y a la tercera la roja; entonces, afuera el dos con zapatos nuevos, y los contrarios sonreían, maltrechos pero contentos por que iban a conservar la vida.
Domingo, el malo, soñaba con hacer un gol. Soñaba dormido y despierto, se veía besando la camiseta, con los brazos estirados hacia la Bombonera imaginaria, después de un bombazo terrorífico. Su sueño nunca se hizo realidad; todavía ahora, con más años y la misma diligencia, ya retirado, procesado, multado, lejos de los campos de juego por decisión de los demás, Domingo Ferrari, se despierta a la madrugada con la idea fija, traga sus lágrimas y repite como un rezo: un gol… un gol… un golcito…
Domingo estaba consagrado a su trabajo y al fútbol. Tiempo que no trabajaba, tiempo que jugaba. Ya a las dos de la tarde de todos los días, Domingo aparecía en el campito con su indumentaria deportiva impecable; su trabajo le permitía adquirir el mejor equipo. Nada que envidiarle al seleccionado nacional en cuanto a ropa. Adidas, desde el bolso hasta la gorra; zapatos, medias, pantalón y camiseta, campera y buzo brilloso y todos los demás implementos que usaban los profesionales: canilleras, vendas de veinte pesos, tobilleras y todo eso.
De Boca rabioso, azul y oro, íntegro. Tenía la postura y el tranco de los ganadores. Una manera de mirar inclinado, como quien espera un tiro libre para entrar de cabeza. Miraba por abajo del flequillo y movía la melena como si le molestara a la hora del voleo. Era espigado y alto como un nueve de los buenos y tenía pinta de goleador, pero era crudo, amargo de punta a punta, como quien dice: un perro que no tiene dueño. Por más que practicó nunca logró hacer más dos taponcitos seguidos y nunca en su vida le salió una jugada. Era zopenco hasta el cansancio, una maleta como se dice en el ambiente. Nunca supo del embrujo de una gambeta y, si bien caminando tenía el garbo de los grandes, corriendo parecía un canguro. Si alguien que no lo conocía lo veía entrar al campo de juego, adivinaba en él un alto manejo del balón, pero viéndolo jugar, al toque se daba cuenta de que era más malo que pegarle a la madre con el ojo del hacha. Para cabecear cerraba los ojos de antemano y eso le costó más de un disgusto y un moretón. Cierta vez, en el área contraria, el nueve se aprestó al cabezazo en un corner. El tiro se ejecutó como de costumbre y Dominguito calculó la distancia y el envión, saltó con los ojos cerrados y le dio al poste semejante frentazo. Acto seguido, se desmayó. Y por supuesto, ni olor a gol.
Domingo Ferrari era malo con ganas. Sin ser mal intencionado era bruto como él solo, ya que la falta tacto, distancia y tino, nunca llegaba a tiempo a la pelota y eso significaba una peladura terrible en la canilla o los tapones de las Adidas marcados para siempre en el cuerpo del adversario. En el equipo del barrio siempre lo ponían porque impresionaba y porque era el único que tenía zapatos de fútbol y eso, entre pobres que jugaban descalzos o de alpargatas, era bien visto. En un partido amistoso (menos mal que era amistoso) a Dominguito lo habían puesto en la defensa porque estaba demasiado claro que adelante nunca iba a convertir un gol, ni equivocado y si en la delantera era malo, en la defensa era criminal. Cierta vez en la espera de una pelota que venía de aire, el nueve de dos, se preparaba. Cuando la pelota estuvo casi a la altura del pie, Domingo ensayó un voleo que, como era de suponer, estampó en la pierna de un delantero y la quebró. Pocas veces pudo terminar un partido, ya que barría a los contrarios sin contemplaciones en el ejercicio de su brutalidad. A la segunda jugada violenta venía la amarilla y a la tercera la roja; entonces, afuera el dos con zapatos nuevos, y los contrarios sonreían, maltrechos pero contentos por que iban a conservar la vida.
Domingo, el malo, soñaba con hacer un gol. Soñaba dormido y despierto, se veía besando la camiseta, con los brazos estirados hacia la Bombonera imaginaria, después de un bombazo terrorífico. Su sueño nunca se hizo realidad; todavía ahora, con más años y la misma diligencia, ya retirado, procesado, multado, lejos de los campos de juego por decisión de los demás, Domingo Ferrari, se despierta a la madrugada con la idea fija, traga sus lágrimas y repite como un rezo: un gol… un gol… un golcito…
El aire conmovido
El tiempo que tarda en llegar la pelota desde el cabezazo a la red es eterno. Habría que inventar un reloj que pueda medir ese tiempo. O bien, una máquina que señale el tiempo inverso, desde la red a la cabeza, si es que el gol es contrario. O un aparato que detenga el tiempo para evitar problemas, cuando alguien, en partido complicado, dice: paren el mundo que me quiero bajar. Porque si se baja con el mundo en marcha rodará como bolita de pebete arrabalero. ¿No saben, acaso, que el tiempo es redondo? Que es una pelota en viaje hacia la red. Que ir al cabezazo en el área es olvidarse del mundo y aprender a volar sobre los cuerpos. Que se busca en el golpe la confluencia de la frente y el aire conmovido.
Se sabe que el tiempo viaja en la cabeza y que es la idea que uno tiene de él. Pero cuando el tiempo que es la pelota, atraviesa el aire en dirección al arco, deja un túnel, un espacio donde no hay memoria, un lugar para morir sin que nadie lo note.
No se debe morir después de un cabezazo, como murió el veterano Benetto, cuando le dio de frente a esa pelota humedecida por el rocío, con peso, velocidad y distancia, impulsada desde la línea por el loco Migueles. El gringo se elevó como en los buenos tiempos. -¡Largue!, -gritó, cuando ya era inminente el frentazo, y ahí fue la pelota hacia el ángulo más alejado del arquero que la miró pasar. -Bien ahí..., -dijo Migueles sin notar que el gringo había muerto después del cabezazo o bien se había colgado del túnel abierto para mirar lo eterno, la vida que se va con la pelota.
Se sabe que el tiempo viaja en la cabeza y que es la idea que uno tiene de él. Pero cuando el tiempo que es la pelota, atraviesa el aire en dirección al arco, deja un túnel, un espacio donde no hay memoria, un lugar para morir sin que nadie lo note.
No se debe morir después de un cabezazo, como murió el veterano Benetto, cuando le dio de frente a esa pelota humedecida por el rocío, con peso, velocidad y distancia, impulsada desde la línea por el loco Migueles. El gringo se elevó como en los buenos tiempos. -¡Largue!, -gritó, cuando ya era inminente el frentazo, y ahí fue la pelota hacia el ángulo más alejado del arquero que la miró pasar. -Bien ahí..., -dijo Migueles sin notar que el gringo había muerto después del cabezazo o bien se había colgado del túnel abierto para mirar lo eterno, la vida que se va con la pelota.
Para la tribuna
A eso de las tres, la tarde era de fuego caído sobre el pasto. Al fondo del potrero, un arco hecho con dos camisas raídas ostentaba el esplendor. Y allí, como un guardián del horizonte, la mirada del arquero.Se juega para la tribuna, aunque sólo sea una multitud de vacas: inmutable hinchada debajo de los sauces. Hay que ir al ataque, esquivar las zancadillas, proteger los tobillos, tener velocidad de pájaro y vuelo de mariposa esquiva.
La pelota es un sueño con forma de globo, tierra que se corre. Hay que darle de voleo ante asombro de las gallinas. Desborde de aire cuando cruza cerca del palo de camisa raída, a ras del fuego. Será posible tanta vida con forma de gol, tanta madurez del espinillo para honrar el juego, tanta locura que hace Dios para alegrarnos. Cincuenta años de gritarlo todo en esta misma tarde incendiada. Festejo de cuerpos y cabezas hirvientes, el grito de los que nunca aprendimos a perder y el polvo en la lengua como un gran trofeo que se traga y alimenta.
Voy tras el sueño, de panza sobre el pasto de fuego, con lágrimas que nunca tocarán el suelo. Es doble gol de pelota con forma de tierra y de jugador en pata que entra cerca del palo. Franco planeo de hombre sobre cascotes que no se sienten. La pelota contra el alambrado de púas y no se pincha. Es inmune al filo del acero porque es trapo. Media rota que florece de tarde; brillo demencial cuando cruza la raya.
El molino rechina con visos de grandeza y destellos de la barbarie solar. Saca agua a desgano, un miserable chorro, sangre de la tierra para la boca seca del partido. En aquellos días, cuando tuve la gloria que todavía me dura
El Bagre compañero
Si lo veo al Bagre Rojas, pedazo de muchacho. Ni siquiera un bagre era tan parecido a un bagre como era el propio Bagre Rojas. Montaraz de hacha en mano en los chatos montes de espinillo y tala de Las Ceibas. Se quedaba un mes y medio sin salir del obraje y cumplido ese tiempo, salía una semana de franco. Semana que recalaba, entera, en el boliche del Gordo. Su experiencia en mostradores y mamúas le había enseñado que si se sentaba en un banquito y en una esquina, las paredes lo contendrían de una eventual caída y eso le daba tranquilidad.
En esa esquina pasaba la semana de descanso. Ejemplar único, el Bagre, cantaba y chiflaba a la vez, nunca he visto otro caso igual. Chupaba, se dormía, despertaba, en ese orden, orden que, en él, era circular. Si se dormía cantando, cuando despertaba retomaba el chamamé en donde lo había dejado, feliz anticipo de la memoria digital. Como tipo completo que era, una tarde que lo invitaron a un picado en la canchita de enfrente al boliche, aceptó. No iba a decir que no si era parejo y los parejos en este pueblo no le hacen asco a nada. Y fue al arco, único puesto posible para el Bagre. Allí, debajo del travesaño, bien al medio, hacía visera con la mano, el sol de frente le daba de manera criminal.
El boliche estaba a cien metros de la cancha y la mirada del Bagre, quemada por tanto fuego, oscilaba entre el campo de juego y el boliche que le traía esa nostalgia de la siesta al reparo, el sosiego que da el botellón al alcance de la mano. Entonces comenzó a evaluar que, si bien no tenía esa cobertura de paja y chapa, podría tener, al menos, el reposo del botellón al pie del arco. En cierto momento en que la pelota rebotaba cerca del área enemiga, Rojas consideró oportuno ir de una carrerita hasta el boliche y traer su vino para cumplir el sueño de la botella al pie. Y salió con trote confiado, no había peligro, la jugada estaba lejos. Esa distensión lo llevó del trote al tranco apurado que enseguida transformó en tranco pasivo a medida que se acercaba.
La proximidad del líquido prometedor hizo que los sentidos del guardavalla comenzaran a gozar de antemano sus bondades. Así iba, como en un ensueño, como siempre iba, hasta que escuchó unos gritos paralizantes por lo graves: “¡Arquero... arquero...! ¿Dónde está el Bagre?”, inquirían las voces de los compañeros. Y el Bagre, recobrado en un orgullo ancestral de cumplidor, ahí nomás pegó la vuelta, sin botella. Esparcía cascotes con las botas de goma a medida que incrementaba su velocidad. Claro que el contragolpe fue mucho más veloz que el orgullo del Bagre y a la defensa no le quedó otra que barrer un delantero para evitar el gol. ¡Penal!. Y vinieron los reclamos: “¿Bagre hijuesiete... dónde te habías metido...?”
El arquero, sin responder, tomó posesión del cetro momentáneo, se agachó un poco y entornó los ojos oblicuos para ver mejor. Pata e´ fierro, ejecutor del tiro libre, penal por razones obvias, buscó su distancia en medio de un silencio mortífero. Pata corrió y tiró. El Bagre adivinó el lado. Con ciertas reminiscencias aborígenes y con esa elasticidad que suele dar el trabajo en el monte, ensayó una volada hacia el ángulo acertado, no como las tradicionales con el puño listo para sacar el balón, sino una volada al revés, patada voladora que fue a dar, violenta su bota contra el poste. El tiro salió arriba, a la derecha y afuera, pero el arco tembló, tembló también el tobillo del Bagre que de inmediato se hinchó, hinchando además la Pampero que cobró grosor y brillo.
En acto instintivo de supervivencia, el arquero, cabeza abajo, estiró los brazos que no fueron suficientes y su cara afilada fue a dar de lleno contra la tierra en polvo. “¡No, si no tenés arquero por las calores!”, dijo Lombriz Coqueta, aguatero del equipo, vinero en este caso. “¡Nunca había visto un bagre comilón de tierra!”, dijo otro, mientras el Bagre Rojas, la cabeza doblada contra el poste, ciego su ojo derecho, redondo de tierra pisoteada, escupía saliva de vino con pasto tragado en la bajada, con el dolor del cogote, capaz quebrado, con la hinchazón del tobillo, capaz pa´ siempre, pero con el honor a salvo... ¡Carajo!
En esa esquina pasaba la semana de descanso. Ejemplar único, el Bagre, cantaba y chiflaba a la vez, nunca he visto otro caso igual. Chupaba, se dormía, despertaba, en ese orden, orden que, en él, era circular. Si se dormía cantando, cuando despertaba retomaba el chamamé en donde lo había dejado, feliz anticipo de la memoria digital. Como tipo completo que era, una tarde que lo invitaron a un picado en la canchita de enfrente al boliche, aceptó. No iba a decir que no si era parejo y los parejos en este pueblo no le hacen asco a nada. Y fue al arco, único puesto posible para el Bagre. Allí, debajo del travesaño, bien al medio, hacía visera con la mano, el sol de frente le daba de manera criminal.
El boliche estaba a cien metros de la cancha y la mirada del Bagre, quemada por tanto fuego, oscilaba entre el campo de juego y el boliche que le traía esa nostalgia de la siesta al reparo, el sosiego que da el botellón al alcance de la mano. Entonces comenzó a evaluar que, si bien no tenía esa cobertura de paja y chapa, podría tener, al menos, el reposo del botellón al pie del arco. En cierto momento en que la pelota rebotaba cerca del área enemiga, Rojas consideró oportuno ir de una carrerita hasta el boliche y traer su vino para cumplir el sueño de la botella al pie. Y salió con trote confiado, no había peligro, la jugada estaba lejos. Esa distensión lo llevó del trote al tranco apurado que enseguida transformó en tranco pasivo a medida que se acercaba.
La proximidad del líquido prometedor hizo que los sentidos del guardavalla comenzaran a gozar de antemano sus bondades. Así iba, como en un ensueño, como siempre iba, hasta que escuchó unos gritos paralizantes por lo graves: “¡Arquero... arquero...! ¿Dónde está el Bagre?”, inquirían las voces de los compañeros. Y el Bagre, recobrado en un orgullo ancestral de cumplidor, ahí nomás pegó la vuelta, sin botella. Esparcía cascotes con las botas de goma a medida que incrementaba su velocidad. Claro que el contragolpe fue mucho más veloz que el orgullo del Bagre y a la defensa no le quedó otra que barrer un delantero para evitar el gol. ¡Penal!. Y vinieron los reclamos: “¿Bagre hijuesiete... dónde te habías metido...?”
El arquero, sin responder, tomó posesión del cetro momentáneo, se agachó un poco y entornó los ojos oblicuos para ver mejor. Pata e´ fierro, ejecutor del tiro libre, penal por razones obvias, buscó su distancia en medio de un silencio mortífero. Pata corrió y tiró. El Bagre adivinó el lado. Con ciertas reminiscencias aborígenes y con esa elasticidad que suele dar el trabajo en el monte, ensayó una volada hacia el ángulo acertado, no como las tradicionales con el puño listo para sacar el balón, sino una volada al revés, patada voladora que fue a dar, violenta su bota contra el poste. El tiro salió arriba, a la derecha y afuera, pero el arco tembló, tembló también el tobillo del Bagre que de inmediato se hinchó, hinchando además la Pampero que cobró grosor y brillo.
En acto instintivo de supervivencia, el arquero, cabeza abajo, estiró los brazos que no fueron suficientes y su cara afilada fue a dar de lleno contra la tierra en polvo. “¡No, si no tenés arquero por las calores!”, dijo Lombriz Coqueta, aguatero del equipo, vinero en este caso. “¡Nunca había visto un bagre comilón de tierra!”, dijo otro, mientras el Bagre Rojas, la cabeza doblada contra el poste, ciego su ojo derecho, redondo de tierra pisoteada, escupía saliva de vino con pasto tragado en la bajada, con el dolor del cogote, capaz quebrado, con la hinchazón del tobillo, capaz pa´ siempre, pero con el honor a salvo... ¡Carajo!
lunes, 4 de agosto de 2008
Regreso
La lluvia caía lenta y persistente. Las gotas, como infinitos cuchillos de filosa redondez, cortaban la opacidad de los árboles y mostraban su nuevo color.
Nos habían contado que Sarmiento siempre fue a la escuela, con lluvia, viento o lo que fuera, y entonces nosotros íbamos y no nos paraban las inclemencias del tiempo. Mirábamos la lluvia desde arriba del caballo y desde abajo de la capa brasilera como algo que sucedía en otro tiempo y en otro lugar.
Ese día divisamos, al fondo de la calle ancha, un río creciente de vacas y novillos, una marejada de ojos superpuestos que avanzaban por cientos, camino al matadero. La tropa era interminable, y nosotros paramos a un costado del camino y esperamos que pasara.
Algunos animales se resistían presintiendo que más allá de la tarde, en
corrales de madera, encontrarían un final no convenido. Los troperos, con sombreros de alas caídas, arriaban con la ayuda de perros y caballos conocedores del oficio.
Después retomamos el camino, desconocido ahora, molido por tanta pisada de tanta vaca y pingoviejo. La lluvia continuaba sin ganas y sin pausas, sabíamos que así, caída como al descuido, podía durar siglos, esos siglos que existen en la niñez y duran para siempre.
Nos habían contado que Sarmiento siempre fue a la escuela, con lluvia, viento o lo que fuera, y entonces nosotros íbamos y no nos paraban las inclemencias del tiempo. Mirábamos la lluvia desde arriba del caballo y desde abajo de la capa brasilera como algo que sucedía en otro tiempo y en otro lugar.
Ese día divisamos, al fondo de la calle ancha, un río creciente de vacas y novillos, una marejada de ojos superpuestos que avanzaban por cientos, camino al matadero. La tropa era interminable, y nosotros paramos a un costado del camino y esperamos que pasara.
Algunos animales se resistían presintiendo que más allá de la tarde, en
Después retomamos el camino, desconocido ahora, molido por tanta pisada de tanta vaca y pingoviejo. La lluvia continuaba sin ganas y sin pausas, sabíamos que así, caída como al descuido, podía durar siglos, esos siglos que existen en la niñez y duran para siempre.
Frente de Tormenta
Hay un río en el fondo de mi mente
y en su orilla
encalla una barcaza
Un poco más acá
de las nubes
Un poco más allá
de la arena
Tu casa
sin techo
tu casa
sin puertas
tu casa
me espera
En el misterio de la siesta
me llama
a la pura ventana florecida
donde las abejas
prostituyen el polen
y omiten
nebulosas
tu salitre bendiciendo la almohada
¡Qué tanta vuelta! Pienso
¡Qué tanta vuelta! Digo
Sí un día de estos
te caigo
intacto
como frente de tormenta en enero
desnudo
como el viento en las bocas de agosto
liviano
como el beso que nunca te dieron
¡Qué tanta vuelta! Sí sabemos
que tarde o temprano
confundirán
en mí aliento
tu sabor a durazno
tu equinoccio de menta
tu loca geografía
¡Creémelo!
me verán llegar a tu rivera
por mi propio río cavernario
navegando andróginos de fuego
y poemas insomnes bajo el brazo
Llegaré
por mí río
a tu barcaza
a tus nubes
a tu arena
a tu casa
sin techo
a tu casa
sin puertas
Llegaré
ritual y herido mediodía
nada más que a beber
en tu cintura
el diabólico
hechizo
de la vida
y en su orilla
encalla una barcaza
Un poco más acá
de las nubes
Un poco más allá
de la arena
Tu casa
sin techo
tu casa
sin puertas
tu casa
me espera
En el misterio de la siesta
me llama
a la pura ventana florecida
donde las abejas
prostituyen el polen
y omiten
nebulosas
tu salitre bendiciendo la almohada
¡Qué tanta vuelta! Pienso
¡Qué tanta vuelta! Digo
Sí un día de estos
te caigo
intacto
como frente de tormenta en enero
desnudo
como el viento en las bocas de agosto
liviano
como el beso que nunca te dieron
¡Qué tanta vuelta! Sí sabemos
que tarde o temprano
confundirán
en mí aliento
tu sabor a durazno
tu equinoccio de menta
tu loca geografía
¡Creémelo!
me verán llegar a tu rivera
por mi propio río cavernario
navegando andróginos de fuego
y poemas insomnes bajo el brazo
Llegaré
por mí río
a tu barcaza
a tus nubes
a tu arena
a tu casa
sin techo
a tu casa
sin puertas
Llegaré
ritual y herido mediodía
nada más que a beber
en tu cintura
el diabólico
hechizo
de la vida
Morir
Si vivir es saberte cerca
morir será
saberme
lejos
Será
completar
la primera etapa
del fantástico viaje
Será
dejar de indagar en tus sentidos
y abandonar el mate
que quedará esperando mí ya lejano sorbo
Morir será
claudicar el libro en la mitad de la página
la mano en la mitad del poema
el poema en la mitad de la idea
Será
conservar para siempre tu último gesto
aliento mirada roce
será
arañar la vida
dejar hecho jirones el mantel de la mesa
romper el termo
volcar la yerba
desparramar los libros
y aferrarme a las patas de los sillones
en agónico intento de quedarme
Está bien...
está bien
moriré si es necesario
pero
quiero que sepas
que no me iré así nomás
ni resignado
Indudable
provocaré
un alboroto de silencio
un escándalo de nada
y un caos en el caos de la eternidad
Y claro
volveré
cuando se me cante
no granito de arena
ni sabor ni aroma ni hoja de espinillo
sino pura energía
Puro cosmos
volveré
a besarte
a olerte
a tocarte
Impune volveré
porque
a pesar
de ser y no ser
seguro
andaré
de nostalgia total
morir será
saberme
lejos
Será
completar
la primera etapa
del fantástico viaje
Será
dejar de indagar en tus sentidos
y abandonar el mate
que quedará esperando mí ya lejano sorbo
Morir será
claudicar el libro en la mitad de la página
la mano en la mitad del poema
el poema en la mitad de la idea
Será
conservar para siempre tu último gesto
aliento mirada roce
será
arañar la vida
dejar hecho jirones el mantel de la mesa
romper el termo
volcar la yerba
desparramar los libros
y aferrarme a las patas de los sillones
en agónico intento de quedarme
Está bien...
está bien
moriré si es necesario
pero
quiero que sepas
que no me iré así nomás
ni resignado
Indudable
provocaré
un alboroto de silencio
un escándalo de nada
y un caos en el caos de la eternidad
Y claro
volveré
cuando se me cante
no granito de arena
ni sabor ni aroma ni hoja de espinillo
sino pura energía
Puro cosmos
volveré
a besarte
a olerte
a tocarte
Impune volveré
porque
a pesar
de ser y no ser
seguro
andaré
de nostalgia total
Vivir
Vivir
es
disimularnos
el agónico espasmo
de infinito
que nos mece
en la muerta
muerte
que no soporta
que vos seas vos
y yo
Vivir
es
transmigrarnos
transcurrirnos
transgredirnos
siempre y cuando
mi locura
infecte
tu locura
generoso virus
de consciente
inconsciencia
Vivir
es
permitirnos
tierra agua luna
cereal vino sol leche ozono
y todos los signos zodiacales
en vibrante lujuria
cósmica
Mutarnos Afrodita
en arena ónix cristal lágrima
y degradarnos hasta ser invisibles
al besar la levedad del aire
Vivir
es
comernos
los ojos
los aromas
los sabores
las hojas
de espinillo
que nos brotan
subconscientes
en los labios
del alma
Vivir
es
revelarnos
incontinentes
pasajeros
de esta nave
impensable
testaruda
que regresa
por su herida
al punto
de partida
Vivir
es
emerger
incandescentes
incólumes
del pútrido mar
donde navegan
"intocables"
los Normales
moralinos
hipócritas
de siempre
Vivir
es
corazonarnos
en lo micro y lo macro
residuar
las mezquindades
los dictadores
el hambre allí allá
la mirada hachazo de un niño pidiendo
y ya
en esa montaña
volcanes
Vivir
es
detenernos
en el mágico instante
ínfimo necesario vital
donde hace tiempo y
sin motivo aparente
se cruzaron indefensas
tu mirada y la mía
vírgenes epopeyas
de adentro
nuestro
Vivir
es
un lugar
con retornos
donde merecernos
perspectiva el poema
las palabras ya dichas establecen pulmones y
un pero enrevesado
se agrieta
desolado
en la absurda frontera
del bien y del mal
es
disimularnos
el agónico espasmo
de infinito
que nos mece
en la muerta
muerte
que no soporta
que vos seas vos
y yo
Vivir
es
transmigrarnos
transcurrirnos
transgredirnos
siempre y cuando
mi locura
infecte
tu locura
generoso virus
de consciente
inconsciencia
Vivir
es
permitirnos
tierra agua luna
cereal vino sol leche ozono
y todos los signos zodiacales
en vibrante lujuria
cósmica
Mutarnos Afrodita
en arena ónix cristal lágrima
y degradarnos hasta ser invisibles
al besar la levedad del aire
Vivir
es
comernos
los ojos
los aromas
los sabores
las hojas
de espinillo
que nos brotan
subconscientes
en los labios
del alma
Vivir
es
revelarnos
incontinentes
pasajeros
de esta nave
impensable
testaruda
que regresa
por su herida
al punto
de partida
Vivir
es
emerger
incandescentes
incólumes
del pútrido mar
donde navegan
"intocables"
los Normales
moralinos
hipócritas
de siempre
Vivir
es
corazonarnos
en lo micro y lo macro
residuar
las mezquindades
los dictadores
el hambre allí allá
la mirada hachazo de un niño pidiendo
y ya
en esa montaña
volcanes
Vivir
es
detenernos
en el mágico instante
ínfimo necesario vital
donde hace tiempo y
sin motivo aparente
se cruzaron indefensas
tu mirada y la mía
vírgenes epopeyas
de adentro
nuestro
Vivir
es
un lugar
con retornos
donde merecernos
perspectiva el poema
las palabras ya dichas establecen pulmones y
un pero enrevesado
se agrieta
desolado
en la absurda frontera
del bien y del mal
miércoles, 16 de abril de 2008
Tatuaje
Esa mujer
desnuda mi cabeza
Si apenas
me sostiene la mirada
se paraliza el mundo
Una mujer así
puede hacer de la historia
una bandera inmóvil
Sus ojos llegan antes que su cara
la preceden
y permanecen
como un tatuaje de los días
¡Que se detenga el mundo en su mirada!
ya no quiero traslaciones
solsticios
ni cíclicas contiendas
sólo
su astrología de verdes pulsaciones
Quieto el mundo
sobre el brazo del tiempo
desnuda mi cabeza
Si apenas
me sostiene la mirada
se paraliza el mundo
Una mujer así
puede hacer de la historia
una bandera inmóvil
Sus ojos llegan antes que su cara
la preceden
y permanecen
como un tatuaje de los días
¡Que se detenga el mundo en su mirada!
ya no quiero traslaciones
solsticios
ni cíclicas contiendas
sólo
su astrología de verdes pulsaciones
Quieto el mundo
sobre el brazo del tiempo
Tierra
La tierra
gira en tus ojos
marrones imposibles
la madurez de las uvas en verano
esa manera de acariciar el mundo
Giro con la tierra en tu mirada
Existo en el asombro de encontrarte
muy cerca de los sueños
Allí
donde puede tocarte un pensamiento
donde tu mirada
propaque fundaciones de luz
en el enigma
de los días
Tu mirada
qué buen lugar para morir
la tierra florecida
el beso de Dios
gira en tus ojos
marrones imposibles
la madurez de las uvas en verano
esa manera de acariciar el mundo
Giro con la tierra en tu mirada
Existo en el asombro de encontrarte
muy cerca de los sueños
Allí
donde puede tocarte un pensamiento
donde tu mirada
propaque fundaciones de luz
en el enigma
de los días
Tu mirada
qué buen lugar para morir
la tierra florecida
el beso de Dios
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Renuncia
Gracias a la Maestra conocí la poesía aunque en ese momento no me di cuenta. El hecho de acostumbrarme a sus gritos, esa manera de maltratar el aire, me ayudó a descubrir la ventana. Ya existía pero no para mí. Sólo veía en el aula la mirada de águila de la Señorita. Y cuando por fin me habitué a esa nariz en cara de pájaro, cuando por adentro le perdí el miedo, comencé a mirar a través de la ventana. El sol pasaba a desgano entre la ramazón de un eucalipto. Los rayos inmaduros me tocaron y supe, sin conocer la palabra, lo que era la emoción. A las ocho de la mañana salían mis ojos en busca del sol. A veces el águila me sorprendía cuando el vidrio había quedado atrás y yo trepaba el gran árbol. En otras ocasiones, un grito desentonado volteaba el pizarrón y yo volvía del eucalipto con sol en las manos y ocupaba mi banco. ¿Será que tan poco sirven las matemáticas cuando hay en la escuela una ventana y un árbol? ¿Será que nunca le sirvió a la Señorita Lucrecia graznar como un pájaro desvergonzado y horrible? ¿Será que el sol en el árbol llama desde afuera? Las águilas siempre cazan de día, había enseñado la Maestra esa mañana. Nunca hubiera imaginado que un águila pretendiera cazar el sol. A la Señorita Lucrecia le molestaba el sol, la ventana y el árbol. Ese día me descubrió. Tenés el sol en las manos, me dijo, y fue suficiente. Salí por la ventana pero no fui al árbol. Metros más allá esperaba mi caballo. El águila, en vuelo desprolijo, rayó la clase, pero no pudo salir del aula. Renegué de las ciencias y de las matemáticas y como premio a esa renuncia, aún conservo el sol en mis manos.

