martes, 2 de septiembre de 2014

Puchero

                                       a Elba Dominga Benetti 

Mi abuelo materno, el Nono, era un hombre tranquilo, ablandado por los años. Mi abuela, la Nona, una mujer endurecida por la vida. En el verano del 61 mis padres me mandaron a pasar unos días con ellos, en la inmensidad del monte entrerriano.
La casa era espaciosa. Lo que más recuerdo es la cocina donde la Nona pasaba la mayor parte del tiempo. Era una construcción de mampostería rústica. El piso de ladrillos gastados ofrecía un refugio contra la temperatura de febrero. Al techo, en esa infinita altura -para mis seis años- lo soportaban gruesos horcones atravesados de lado a lado. En una de las esquinas del piezón estaba ubicada la cocina económica; su chimenea, renegrida por el tizne de la madera quemada se perdía hacia arriba en un vértice de revoques oscurecidos. A la izquierda de la cocina a leña, contra la pared y estirándose hasta casi el umbral de ingreso a las habitaciones, había una mesada de material con puertas de madera apenas trabajada, donde la Nona ponía las ollas, los platos y los cubiertos. Del otro lado estaba el cajón del pan con su tapa en declive. A continuación había un aparador verde con pájaros multicolores y diversos pintados en las puertas. Y la mesa, larguísima, que ocupaba el centro de la cocina.
Aún me parece ver a la Nona preparando un puchero grandioso: doce litros de agua, tres kilos de carne cortados en trozos, una cola de vaca, ocho ruedas de osobuco, una gallina y media dividida en presas, seis chorizos, cuatro puerros, cinco cebollas grandes en pedazos, dos troncos de apio picados, un repollo, dos kilos de zapallo y dos kilos de calabaza, ocho zanahorias en cuartos, tres tazas de garbanzos remojados, siete choclos en mitades, diez zapallitos redondos, diez papas medianas, diez batatas y sal, calculada por puñados.

Esa tarde anduvimos en la quinta.
La Nona con un vestido gris, largo, de confección casera, y un pañuelo que le cubre la cabeza y yo, sucio, con la ropa deshecha por el intenso correteo entre galpones, árboles, chiqueros y corrales.
Camino a su lado, la ayudaré a juntar las verduras para el puchero. Llevamos una canasta que de a poco se va llenando con lo que recogemos. Me siento un arriesgado explorador. Esquivo las hojas de acelga; llevo mi escopeta de dos caños hecha con una rama de sauce y dos varas de paraíso. Avanzamos con dificultad. Con mi mano derecha agarro el borde de la canasta y con la izquierda, preparada para cualquier imprevisto, la escopeta.
Son las cinco de la tarde y el sol está alto. Al fondo de la quinta hay un cañaveral que abordaré después que ayude a la Nona a llevar la canasta a la cocina. Mis botas de goma van muy pesadas; la tierra, apelmazada por la lluvia de ayer, se pega a sus costados hasta convertirlas, casi, en un tractor. La Nona me pide que levante la canasta porque arrastra y que en cualquier momento se van a caer las calabazas de mi lado. Hago fuerza. Intento, pero mi brazo no responde, está acalambrado. Le imploro a la Nona que paremos un poco. Ella dice que me apure porque tiene mucho que hacer: juntar los huevos, encerrar los terneros, darles de comer a las gallinas, a los chanchos, y cocinar para catorce. “Ah... cuesta vida e´ una lucha, Nene...”
Cuando noto mi brazo recuperado le digo a la Nona que sigamos. Justo en ese momento, desde atrás del laurel, asoma la cabeza un tigre enorme. Abre la boca y un rugido estremece la tierra. Quedo petrificado.  La Nona parece no advertirlo. Logro apartarla cuando el tigre se abalanza sobre ella. Gracias a mi oportuna acción, la Nona, alcanza a salir por el portillo llevándose la canasta sin completar. Yo me repliego hasta el zapallar para estar más protegido. Me agacho y le apunto con la de dos caños. No lo quiero matar, pero si se viene me veré obligado... El tigre salta de manera espectacular para impresionarme y disparo al aire mi escopeta. El estruendo lo asusta. Huye y se esconde entre las cañas; permanezco en guardia un buen rato y no hay señales. Ni un ruido. Apenas se escucha el zumbido de un mangangá. Veo que deberé postergar mi exploración al cañaveral. Paso el resto de la tarde observando y escurriéndome entre las plantaciones para que el tigre no me sorprenda. Trataré de llegar hasta los frutales porque siento hambre. Sí, unas cuantas mandarinas me van a venir muy bien. Me ubico abajo de un árbol petiso, dejo mi escopeta a un costado y saco varias mandarinas. Las pelo, el olor agridulce de las cáscaras me hace olvidar del peligro por un rato. Van a la panza la mitad; desperdicio las otras haciendo puntería en el manzano. Dentro de poco tiempo va a oscurecer. Veo que algo se mueve entre las plantas de maíz, al otro lado de la quinta. Pienso que pueden ser unos bandidos que pretenden asaltar la casa de la Nona. Estoy casi seguro. ¡Sí, sí, son vaqueros del lejano oeste que han venido hasta aquí persiguiendo alguna diligencia! Verifico si mi escopeta está cargada. Me preparo: tirado de panza en el suelo ofrezco menos blanco... así combatía el Llanero Solitario… conmigo no se la van a llevar de arriba. Seguro que han dejado los caballos atrás del cañaveral… están inquietos, deben presentir al tigre. Los espero un rato y no salen… ya casi es de noche. Me distraigo. Pienso en mis hermanos y en mis padres: ¿qué harán? Al rato veo que a lo lejos cuatro caballos galopan y se pierden en el horizonte.
-¡Nene... Nene...! ¿Adónde te metiste? -grita la Nona desde la cocina.
-Acá estoy Nonita... -le aviso que voy cuando las chicharras ya empiezan a aturdir.

 Ahora, el puchero humea en el medio de la mesa. Antes había hervido veinte minutos con la carne, mientras la Nona, con un cucharón le sacaba la espuma. Después le añadió los puerros, la cebolla, el apio, la gallina, los chorizos, el zapallo, las zanahorias, el repollo y los garbanzos. A la media hora le agregó los zapallitos y los choclos en mitades. Aparte, en una olla con agua y sal cocinó las papas y las batatas. Luego, en fuentes separadas, sirvió. En una de las bandejas está la carne cortada en presas de diferente tamaño; en otra, las verduras. La olla donde la Nona cocinó el puchero hierve arriba de la cocina. Es la sopa infaltable, de arroz esta vez. Los comensales van llegando y ocupan sus lugares. El Nono, silencioso como de costumbre, se instala en una de las cabeceras. Luego, alternados, se van ubicando mis tíos y mis tías. La Nona saca el pan casero del cajón y se sienta al lado del Nono. Yo estoy al fondo de una hilera de siete personas, es tanta la distancia que veo al Nono chiquito. La ceremonia ha comenzado. Se come en silencio, rindiendo culto. Tengo tanta hambre que devoro lo que me sirven. De a poco se van infiltrando las palabras. Mis tías hablan en código temas de mujeres; mis tíos dicen que cuando cambie el gobierno todo se va a solucionar. Como siempre ocurre, la conversación se enciende, discuten con fervor tano. A pesar de la cantidad de voces que se superponen se hace oír la voz gastada del Nono, cuenta una historia que al parecer todos quieren escuchar. El sueño hace que perciba la reunión a lo lejos. Cruzo los brazos arriba de la mesa, coloco la cabeza encima de los brazos y me olvido del mundo. Cuando me despiertan casi todos se han ido a dormir. La mesa está limpia y el piso barrido. La Nona me dice que ya es hora de ir a la cama y entonces le cuento que mientras dormitaba, doblado sobre la mesa tuve un sueño extraño. Me pide que se lo cuente y le digo que venía en un barco muy grande, atravesaba el mar desde un continente lejano. En el barco viajaban muchos hombres y mujeres que hablaban parecido a ella y al Nono. Yo era uno de ellos, musculoso y vestido con un gastado traje gris. Todo mi equipaje eran dos valijas de cartón, dos valijas vacías... 

No hay comentarios:

Renuncia

Gracias a la Maestra conocí la poesía aunque en ese momento no me di cuenta. El hecho de acostumbrarme a sus gritos, esa manera de maltratar el aire, me ayudó a descubrir la ventana. Ya existía pero no para mí. Sólo veía en el aula la mirada de águila de la Señorita. Y cuando por fin me habitué a esa nariz en cara de pájaro, cuando por adentro le perdí el miedo, comencé a mirar a través de la ventana. El sol pasaba a desgano entre la ramazón de un eucalipto. Los rayos inmaduros me tocaron y supe, sin conocer la palabra, lo que era la emoción. A las ocho de la mañana salían mis ojos en busca del sol. A veces el águila me sorprendía cuando el vidrio había quedado atrás y yo trepaba el gran árbol. En otras ocasiones, un grito desentonado volteaba el pizarrón y yo volvía del eucalipto con sol en las manos y ocupaba mi banco. ¿Será que tan poco sirven las matemáticas cuando hay en la escuela una ventana y un árbol? ¿Será que nunca le sirvió a la Señorita Lucrecia graznar como un pájaro desvergonzado y horrible? ¿Será que el sol en el árbol llama desde afuera? Las águilas siempre cazan de día, había enseñado la Maestra esa mañana. Nunca hubiera imaginado que un águila pretendiera cazar el sol. A la Señorita Lucrecia le molestaba el sol, la ventana y el árbol. Ese día me descubrió. Tenés el sol en las manos, me dijo, y fue suficiente. Salí por la ventana pero no fui al árbol. Metros más allá esperaba mi caballo. El águila, en vuelo desprolijo, rayó la clase, pero no pudo salir del aula. Renegué de las ciencias y de las matemáticas y como premio a esa renuncia, aún conservo el sol en mis manos.