viernes, 29 de mayo de 2009

Vamos todavía...

El cabezazo fue rotundo y la pelota dibujó una curva burlesca ante la mirada del arquero, azorada primero y resignada después, cuando fue gol ya en el ocaso de la tarde. El partido era el broche de oro de un campeonato relámpago, y por consiguiente, se jugó a última hora. Solteros contra casados. Una modalidad muy difundida en la zona. Los casados, luego de mucho insistir, lograron que integrara el equipo el célebre veterano don Torcido Villafañe. El partido fue tranquilo; reñido, pero tranquilo. No hubo discusiones, peleas, ni juego fuerte. Los solteros dominaban y era lógico. Ganaban uno a cero y los casados sudaban la gota gorda. Ya el sol se había entrado y se jugaba con las últimas claridades. El avance comenzó en el medio campo, luego de que el Barrigudo Roldán encontrara un rebote y desbordara por el lateral derecho hasta cerca del banderín del córner. Entonces el Torcido Villa, que venía en diagonal, entró en el área gritando: -Mandá el centro... mandá el centro... El Barrigudo levantó la cabeza, vio que Villa entraba como traído por un ángel y mandó el centro. Como dije, había poca luz, y el Torcido, experimentado en estas lides, pisó la medialuna y vio que la pelota venía a media altura, servida para una palomita. Con la falta que hacía un gol, no lo pensó dos veces. Se largó, voló como antes y le pegó un espléndido frentazo. Notó la pelota un tanto desinflada, pero vio como entró, sublime, en el ángulo derecho. La excitación del gol lo transformó, se paró enseguida y corrió hacia el centro de la cancha. Besó la camiseta tres o cuatro veces y no pudo contener las lágrimas que, poco a poco, le humedecieron la ropa. Desaforado, gritó y gritó como nunca su obra: -Gol y gol y gol... ¡Golazo...! ¡Vamos carajo...! ¡Vamos, todavía que los tenemos...! Al decir tenemos, se dio cuenta de que estaba solo. Nadie lo acompañaba en el festejo. Miró para atrás y vio en la penumbra, que el partido continuaba, allá, cerca del arco contrario. Volvió decepcionado al lugar del cabezazo y con un dejo amargo, reclamó: -¿Por qué anularon el gol...? -Roldán, que estaba cerca, le aclaró: -Pero, don Villa... ¿no se dio cuenta que cabeceó un tero...? -No puede ser... No puede ser... -dijo y repitió el Torcido mientras dirigía su mirada hacia lugar donde había entrado el balón. Y allí estaba el tero... desaliñado y moribundo, enganchado en la red.

El Torcido Villa, en épocas de gloria, tercero de izquierda a derecha

Renuncia

Gracias a la Maestra conocí la poesía aunque en ese momento no me di cuenta. El hecho de acostumbrarme a sus gritos, esa manera de maltratar el aire, me ayudó a descubrir la ventana. Ya existía pero no para mí. Sólo veía en el aula la mirada de águila de la Señorita. Y cuando por fin me habitué a esa nariz en cara de pájaro, cuando por adentro le perdí el miedo, comencé a mirar a través de la ventana. El sol pasaba a desgano entre la ramazón de un eucalipto. Los rayos inmaduros me tocaron y supe, sin conocer la palabra, lo que era la emoción. A las ocho de la mañana salían mis ojos en busca del sol. A veces el águila me sorprendía cuando el vidrio había quedado atrás y yo trepaba el gran árbol. En otras ocasiones, un grito desentonado volteaba el pizarrón y yo volvía del eucalipto con sol en las manos y ocupaba mi banco. ¿Será que tan poco sirven las matemáticas cuando hay en la escuela una ventana y un árbol? ¿Será que nunca le sirvió a la Señorita Lucrecia graznar como un pájaro desvergonzado y horrible? ¿Será que el sol en el árbol llama desde afuera? Las águilas siempre cazan de día, había enseñado la Maestra esa mañana. Nunca hubiera imaginado que un águila pretendiera cazar el sol. A la Señorita Lucrecia le molestaba el sol, la ventana y el árbol. Ese día me descubrió. Tenés el sol en las manos, me dijo, y fue suficiente. Salí por la ventana pero no fui al árbol. Metros más allá esperaba mi caballo. El águila, en vuelo desprolijo, rayó la clase, pero no pudo salir del aula. Renegué de las ciencias y de las matemáticas y como premio a esa renuncia, aún conservo el sol en mis manos.